Siempre camina por las noches porque su camino es el derroche para sentirse vivo en cada rincón de su soledad. Y se despide con un abrazo por abrigo y saca un beso del bolsillo del pantalón que guarda, para no perderse en los labios de la verdad.

Pero el nació despertando al mundo con un silvido en sus labios. La música rodeó su piel y sentirse vivo no era más que otra parte de su cuerpo. Al nacer sus rizos perfectos supieron que se enredarían entre versos y notas, y que dejaría sus huellas en cada amanecer.
Es un hombre que con el latido de su corazón lee entre partituras, sin armadura, y en clave de sol, alterando cada nota que lo necesite. Simula un carácter versátil: una tesitura con pocos pistones, con sonidos suaves y dulces, pero también ásperos y duros. Sus palabras son de metal que arrastra el viento, llevándolo a conocer sus antepasados poseídos por un cuerno de caza.

Esta su historia: se enrolla en sí mismo en su raza y sus raíces, enlaza sus suspiros que suben por un tubo estrecho encontrando perfecta la simetría de sus manos. Y me quedo perpleja, siguiendo con mis ojos su sinfonía, lentamente, para encontrar sus temores que lo definen en una campana de donde salen las melodías de los dioses. Y para llegar a su boca no hay más salida que agarrar su cuerpo con delicadeza y presión, deslizarse por su mejilla hasta que sienta que empieza su turno, y emita al exterior lo que siente en una canción.

Patricia López / 8-12-15.

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