El placer de estar en casa: las mejores salchipapas del mundo.

Jueves 26 de marzo 2020;

Buenas tardes amigos y amigas del mundo.

Como estamos “encerrados” por una buena causa, me apetecía contaros mi experiencia con las salchipapas, y es que, ha salido el sol y es la hora de la cerveza y de la “tapita”, en toda España, sí, pero sobre todo en Andalucía.

Acabo de meter una cerveza en la nevera (0.0 sin alcohol, para que no se me vaya de las manos la soledad) y me acuerdo del placer que he sentido en casa.

Fue en la época de la recolección de aceituna; Jaén y sus confines territoriales de Santo Reino. Mientras hacíamos montones de aceituna, la echábamos en la espuerta (especie de cesta flexible con dos asas, para quien desconozca la palabra) y después al remolque del tractor, el hambre, a eso de las 14 horas, ya volvía a acechar. Entonces, con una mirada de alegría y una sonrisa enorme en la boca, me preguntaron: -¿Qué cenamos hoy, Patri? ¿¡Salchipapas!?-. Y yo me quedé asombrada y solté una gran carcajada, al mismo tiempo que decía ¡sí! y le abrazaba con mucho cariño e ilusión.

Esa tarde, fuimos juntos al mercadona a comprar patatas cuadradas para freír, salchichas gordas especiales (sin lactosa ni aditivos), ketchup, mostaza, mayonesa, salsa brava, y, por supuesto, picante (¡mucho picante!). ¡Ah! Más una cerveza de un litro, para dos.

Un platazo de nutrientes y calorías después de una jornada agrícola muy dura.

Era la primera vez, que después de nuestra experiencia en patatas, íbamos a hacer tal plato en casa, y nos pusimos a ello: metimos la cerveza en el congelador, las jarras para que estuvieran fresquitas, cortamos las salchichas a tacos, pusimos la sartén con aceite bueno de oliva (cosecha propia) y nos bebimos mientras medio litro de cerveza entre los dos, y unos pinchitos salados de anchoas, aceitunas, pimiento y pepinillo.

Estábamos hambrientos y las patatas iban tomando un fabuloso color dorado. En otra sartén, pusimos a dorar las salchichas. Montamos la mesa con nuestro mantel verde esperanza y todas las salsas (somos salseros y de corazón) y demás cosas que se nos ocurrió para acompañar. ¡Voilá! Todo listo: patatas en un plato, las salchichas encima y le echamos todas las salsas posibles (las que teníamos).

Cuando probamos aquel plato, sentados en el sofá, con una luz tenue y acompañados por la música, el calor de una vela y dos almas listas para degustar esta creación culinaria… La exquisitez se nos coló por la boca, la lengua y el gusto. Las mejores salchipapas, en casa y en agradable compañía.

¿De verdad algo tan sencillo, hecho en casa, puede dar tanta satisfacción?

Sí.

Sobre todo por compartir ese momento. Esa comida hecha en familia, con amor y con hambre (jajaja).

Quizás sea el momento de disfrutar de estos días y, si estás solo, acuérdate de aquellos momentos únicos que volveremos a disfrutar cuando quieras quejarte de lo que está ocurriendo.

Tu imaginación puede trasladarte hacia sitios espectaculares y, uno de ellos, es lo vivido con los seres queridos. Así que alégrate de que las cosas no son negativas, porque en casa, también se disfruta y puedes seguir haciéndolo.

Imagina… algún día… volveremos a soñar despiertos, y para la eternidad.

Un abrazo virtual desde ahí.

Gracias por tu aportación y por leerme y, recuerda: no estás solo, estás contigo mismo y has vivido increíbles experiencias.

¡Comparte la tuya! ¿Has cocinado salchipapas? ¡Es la hora!

Espero tus comentarios de salchipapas!!!

#yomequedoencasa #graciasporlosmomentos #volveremosaencontrarnos

Las princesas se quitan los tacones al llegar a casa

Un día me desperté sin ganas de subirme a unos tacones. Me rebelé. ¡Me encantan los tacones y también las zapatillas de deporte! Y las de estar por casa me las pongo de vez en cuando. Aunque lo que más me gusta es andar descalza, por cualquier terreno pisable.

Me puse en contra porque en casi la mayoría de trabajos que he tenido, por no decir todos menos los que incluyen el deporte (no bailar) tenía que ir “entaconada” a la fuerza. Y sino, no quedaba bien el vestido o traje de chaqueta que me ponía (que se lo digan a mi amiga Cyntia y Andrea). Ellas también estaban en la misma tesitura, ¡Y sí! Nos gustan los tacones, ¿pero a qué precio y para qué por obligación?

Sé que suena a ir en contra de mi propia contradicción con esto que hoy les digo. La cuestión es cuándo y la raíz del suceso.

Mi primer recuerdo fue en la infancia con mi madre y mi padre (tengo muchos poemas y escritos referentes a esta situación). Me pusieron un vestido rosa, un moño con lazo rosa (de ahí mi frustración con el color rosa), unos calcetines de encaje con unos zapatitos con tacón. ¿Qué hice? Jugar dentro de un matorral de rosas, previamente recuerdo que me quité los zapatos, los calcetines, me “saqué” el moño y cuando mi madre me vió estaba llena de tierra, descalza y prácticamente desnuda.

¿Por qué? Me apretaban los zapatos, se me clavó el encaje en mi piel y me apretaba el moño. ¡Ah! Y el vestido también me apretaba.

Cuando somos pequeñas nos fascina ponernos los tacones de mamá. Tanto a las niñas como a los niños. Es algo natural realizar imitaciones cuando la vemos subirse a ellos, una vez duchada, maquillada, y vestida con un toque que ella sólo sabe darse a sí misma. Del mismo modo, la escuchamos cantar y cuando pone sus pies en ellos y se levanta, se regodea misteriosa, sigilosa y con una sonrisa delante del espejo.

Así es nuestra primera impresión de cómo los tacones parecen hacer feliz a una mujer. ¡Y se ven bien bonitas las piernas y realzan la vestimenta, te pongas lo que te pongas! Un buen recogido o peinado y unos bonitos tacones, y ¡alé! lista para triunfar.

El problema viene cuando nos incitan y nos meten en la cabeza que lo correcto y lo bello es subirse a esos tanques de mil formas y colores para verse más bellas. El rechazo hacia los tacones viene de obligar a las mujeres, sobre todo de cara al público y cuando salen a pasear, de forma inconsciente en la publicidad, en la tradición vivida y observada, en los trabajos que lo requieren, o en la misma pareja que se tiene en ese momento.

Total, sino, no serás una Reinosa dichosa y lujosa; con poder. Y es que han dado y dan mucho poder estas puntas malvadas, eróticas y, en la mayoría de las veces, molestas y dañinas para los pies y columna, olvidando que sólo es algo superficial y de adorno, nada más. Y que no pasa absolutamente nada sino te los pones, sino te gustan o, sino te sientan bien para la salud.

Nos han enseñado a vivir con lo superfluo y de lo que nos olvidamos es de lo que hay dentro; del sentir. Todas y todos llegamos a casa y nos encanta descalzarnos y decir: ¡ay…! Es una sensación absoluta de libertad y de felicidad. Por eso siempre me ha encantada vivir descalza y pasearme sintiendo en mis pies sensibles esa sensación (ay…).

Os puedo asegurar que tengo tacones, muchos, y de baile de salón (¡y me encantan!) pero de ahí a ser obligada a ponérmelos por parecer más bella, más mujer, más poderosa o estar a la altura de lo que una empresa exige a sus trabajadoras… ahí ya me toca la fibra sensible.

Por eso hubo una época en la que me negué. Me negué rotundamente a hacer caso a comentarios banales y vacíos.

No es la primera vez ni será la última que escucho o me dicen: estás más guapa con tacones. ¡Qué tendrá que ver mi cara y mi Ser, mi yo, con algo que no es parte de mí y que considero como un adorno y/o parte de mi vestimenta? Que me pongo si me apetece y me quito si me duelen los pies.

En las bodas están deseando de repartir zapatillas planas a las mujeres para que se vuelvan locas bailando toda la noche sin necesidad de estar sentadas mientras escuchan la música porque no pueden más con el ataúd que se han puesto por zapatos. Es verdad que yo, sin embargo, aguanto y no suelo quitármelos, pues intento buscar un zapato cómodo, ponible en más de una ocasión y que no tenga sólo de adorno para una sola vez.

Con esta reflexión me gustaría haceros hincapié en la educación de vuestras hijas, sobre todo. Y a ambos sexos de la pareja. Se debería poner conciencia cuando vestimos de “princesas” a las niñas y les ponemos “mini tacones”- De igual forma, ocurre con los vestidos de gitana o salen a bailar con sus padres a cualquier salón, como de salsa o bachata.

Es necesario, desde mi experiencia y visión, que este tipo de regalos o vestimenta tenga un fin y un para qué, y no sólo dar refuerzos positivos sobre lo bellas que están cuando se visten de esta forma; con taconcitos.

En el caso del baile es algo distinto, se considera un arte, el zapato es más o menos cómodo, se puede dar mejor los giros y, en definitiva, la mujer baila a más altura para todo esto y acercarse un poco a la altura del hombre cuando bailan juntos.

Tengo un amigo que lleva a su niña a bailar y sí, yo misma le compré los zapatos de salón para su cumpleaños. Se ve linda y a ella le hizo mucha ilusión, pues todas tenemos nuestros zapatos de baile. También, he de deciros que muchas vamos en zapatillas de deporte y en el lugar nos ponemos los tacones o, si nos apetece, también salimos con tacones. A lo que me refiero es que no seguimos un patrón establecido y que, con el ejemplo, también educamos a estas niñas.

La cuestión educativa será: ¿qué tipo de “mujer princesa” quieres que sea tu niña? ¿Una mujer o una princesa sufrida que se libera de la tensión de “tener que ser mujer en la calle” y que al llegar a casa se quite los tacones para Ser Ella misma?

Pd: Mejor ser hippie que sufrir.

Dedicado a todas mis amigas (y a mí misma) que ahora somos hippies (según los comentarios adquiridos y aceptados), las que ahora se suben en tacones de salsa cubana y las que andan descalzas por la vida sin máscaras, y con poder; de alma libre por negarse a ir con tacones obligatoriamente al trabajo y con nombre de Mujer.

Para todas las mujeres y hombres que ven la belleza.

Para todas esas niñas que no son princesas, sino futuras mujeres con nombre, sobre todo a Isabel, Elena, Atenea, Vera y Nerea.